Consumidor responsable

Cuando me dispongo a comer papas fritas de bolsa —cosa que hago poco frecuente pero con mucha determinación—, las abro y me sirvo unas cuantas: no muchas, no pocas. Suficientes. Luego cierro la bolsa herméticamente para garantizar que aguante el paso del tiempo, el antojo, y la humedad de Barcelona. Pero a los pocos segundos me devoro la pequeñísima ración que me había servido con tan buenas intenciones y vuelvo a abrir la bolsa que había cerrado herméticamente y repito el paso anterior convencido de que será la última vez y las papas fritas —ahora sí— aguantarán el paso del tiempo, el antojo, y la humedad de Barcelona. Pero, para bien y para mal (bien para la empresa, mal para mi figura), la historia nunca termina ahí. Repito el paso anterior las veces que sean necesarias hasta que la bolsa queda totalmente vacía y tengo que depositarla en el bote amarillo de envases reciclables. Claro, como debe de ser.

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